Estudio de las Relaciones Internacionales en Roma. Tratados de Paz de Roma - Cartago, y, Joviano - Sapor I

Tratadosentre Roma-Cartago(509-201 a.C.), loscuatro primerosen tiempos depaz, lossiguientes como consecuencia delmutuoenfrentamiento. (Polibio)

El Mediterráneo vio nace
r dos grandes potencias que partiendo del modelo ciudad-estado acabaron por convertirse en Imperios. Imperios que se vieron obligados a regular sus recíprocos intereses y zonas de influencia recurriendo al pacto y a la diplomacia de forma muy potente, pues ya conocíamos otros muchos casos semejantes en Oriente Próximo, aunque nunca de forma tan decisiva y persistente. 

Cartago poseía una importante experiencia marítima anclada en su más tierna infancia fenicia. Por el contrario, Roma se abría paso en la península itálica a golpe de espada sobre terreno firme, contra etruscos al Norte y colonos griegos al Sur. Ambas culturas buscaban su espacio en la ecúmene desde vertientes diferentes, pero con un mismo fin: la expansión que conllevara a un dominio territorial que proveyera de los recursos necesarios a los actores para el ejercicio de sus intereses. 

Así las cosas, el conflicto estaba servido. Las relaciones de Cartago con Etruria y las colonias griegas se mantuvo dentro de lo que podríamos denominar “relaciones de comercio e intercambio”, que de vez en cuando se veían aderezadas por algún pacto en contra o a favor del interés de las colonias griegas que a su modo también trataban de hacerse fuertes en la zona

En efecto, los púnicos extendían sus relaciones de interés, comercio e intercambio por sendos lados de la costa mediterránea con especial atención en Sicilia, Cerdeña, la costa ibérica e islas adyacentes en un primer momento, y posteriormente fijaron su atención sobre la costa africana (la cual al parecer circunnavegaron según el manuscrito de Hannon), hasta que los intereses pusieron en peligro la libertad de los actores secundarios. Las colonias foceas vieron con cierto recelo la expansión púnica por el Mediterráneo, pues ponía en peligro sus propias rutas con la Hélade, hecho en el que no entraremos por ocupar un espacio que se extralimita a nuestros propósitos, pero no fueron pocos los conflictos que aquí se dieron. 

Así las cosas, el primer tratado nombrado por Polibio (Hist. III.22), parece ser que se firmó en el 509 a.C. aunque existen al respecto dudas razonables en la historiografía1Del mismo dice el autor que tuvo alguna dificultad para entender el latín antiguo, y su contenido manifiesta un reiterado interés en el equilibrio territorial. De ahí se deriva que los actores implicados obedezcan a intereses que se centran en el comercio y en el establecimiento de unas líneas de frontera y trato, equidistantes, con respecto a sus particulares intereses en los pueblos que cada cual tenía bajo su obediencia; y si en algún momento se vieran en la mala fortuna de romper las reglas de este tratado fondeando en territorio prohibido, lo harían bajo la estricta observancia de Cartago, y tan solo en casos de extrema necesidad donde cada cual tomaría lo imprescindibleEn síntesis, Roma se preocupa por lo correspondiente al Lacio mientras que Cartago se reserva el derecho a emprender acciones bélicas contra etruscos y griegos para salvaguardar sus rutas. Sobre Sicilia, en cambio, ambos actores disfrutarán de los mismos derechos. Y, en consecuencia, a lo que parece apuntar este tratado es a frenar las posibles intenciones expansionistas de una Roma cada vez más fuerte y potente. 
El segundo de los tratados de los que nos da cuenta Polibio es el del 348 a.C. (Hist. III, 24) que dista muy poco del anterior, respecto al contenido, salvo por la incorporación de Tiro y Útica como aliados de Cartago, y un sonado apunte sobre el posible interés de Roma en fundar colonias y/o hacer incursiones. Orosio (3.7.1) y Diodoro Sículo (16.69.1) a diferencia de Polibio escriben sobre la teoría de que fue este el primer tratado firmado por los dos principales actores en conflicto. En cualquier caso, la historiografía no ha podido concretar con precisión estas fechas debido a los varios acuerdos diplomáticos que sendas potencias mantenían en la época (Fernández U., 2008: 184). Pero, en cualquier caso, todavía es Cartago quien ejerce su hegemonía sobre el Mediterráneo, dejando claro sobre pergamino que Cerdeña y Libia son púnicas, y en definitiva toda la costa Sur del Mediterráneo sobre la que planeaban su expansión. 

Así las cosas, llegamos al tercer tratado romano-púnico celebrado sobre el 306 a.C. en torno al que Polibio dice que nunca se hubo producido, mientras que, según Livio, no solo se produjo, sino que recoge el recibimiento de los embajadores romanos con exquisita pulcritud. Y todo ello porque al parecer se hizo uso de las fuentes de Filino2, consideradas para los romanos demasiado interesadas en lo púnico. En cualquier caso, el contenido del mismo se refiere a la no intervención de Roma sobre Sicilia, así como de Cartago en el Lacio, evitando que se produjeran más flecos en el conflicto y pudieran dedicarse ambos a mantener el orden entre los suyos, pues Roma se hallaba inmersa en las segundas Guerras Samnitas (326 - 304 a.C.) mientras que Cartago intentaba mantener el orden en Siracusa.  

El cuarto tratado (279/8 a.C.) ha sido nombrado por varios autores de entre los que se encuentran Diodoro Sículo (22.7.5), Justino (18.2.1-6), Livio (Per. 13), y por supuesto, Polibio (Hist. III.25.1.9). De particular tiene el apoyo que sendos actores se dan entre ellos en contra de las tropas de Pirro, quien en ayuda de las colonias griegas entró en Sicilia perturbando la paz que entrambas sostenían desde hace casi tres décadas. Fuera como fuese este tratado pudo haber supuesto para Roma un punto de partida importante, tecnológicamente hablando, pues la flota cartaginesa se puso al servicio de Roma para librarse del general griego. 

En consecuencia, y con la retirada de Pirro, estalló la primera Guerra Púnica (264 – 241 a.C.) en la que Cartago sufrió su primer revés como potencia mediterránea. Esta es la primera vez que Roma toma la iniciativa por Sicilia con intención de expulsar a los cartagineses de sus inmediaciones.  

Corría el año 241 a.C. según el testimonio de Polibio (Hist. III, 27.1-6) cuando Cartago tuvo que abandonar Sicilia y sus islas adyacentes, con las costas itálicas. Roma había tomado la iniciativa expansiva por el Mediterráneo. Cada parte se comprometió a salvaguardar la integridad de sus aliados absteniéndose de futuros acuerdos particulares. Además, Cartago fue sancionada con el pago de una indemnización de guerra que dejó sus arcas prácticamente vacías, obligándola a una expansión mayor en busca de recursos, que la impulsó a adentrarse en la Península Ibérica. Y, así las cosas, en el año 227 a.C. Sicilia pasaría a convertirse en la primera provincia romana bajo el gobierno de un Pretor.  

Entonces, llegó el sexto tratado allá por el año 237 a.C., en el que Roma acabó por anexionarse Cerdeña a sus dominios. El conflicto había tomado un curso diferente. Cartago iba perdiendo posesiones fruto de la presión romana, en la que se ve un claro interés de conquista territorial que no había sido practicado por Cartago. Por otro lado, se encontraban los mercenarios de las costas africanas que, tras no obtener el fruto deseado de Cartago se revolvieron contra ella al punto de que esta se vio en la obligación de pedir ayuda a Roma en el levantamiento armado de Sicca, actual Al-Kaf. Roma aprovechó la situación para, como decíamos arriba, anexionarse Cerdeña como tributo por su ayuda, la cual incluía el aprovisionamiento mercenario en las costas itálicas (Guerra de los Mercenarios, 242-238 a.C.). Roma también aprovechó para anexionarse Córcega, además de imponer una dura tasa a los cartagineses que, acabaría por hundirles económicamente (Polibio, Hist. III, 27.7-8). 

Y así es como llegamos al séptimo tratado púnico-romano sobre el año 226 a.C., momento en el cual Cartago abandonó el Norte de las costas mediterráneas para concentrarse en la Península Ibérica. No obstante, Roma era imparable en sus ansias de conquista. Diez años antes Cartago había encontrado en la Península los recursos suficientes para hacer frente a su enemigo número 1, Roma. Pero también había encontrado el modo de subsistir como potencia. Amílcar Barca tras su paso por Gadir fundaría la nueva Cartago en la actual Cartagena. Su yerno Asdrúbal continuó su obra expandiéndose por la Península hasta ocupar los principales yacimientos de plata y demás recursos.  

Cartago volvía a brillar de nuevo como potencia, gracias, también, a que Roma se hallaba inmersa en sus propios conflictos contra los galos, pero mirando de soslayo a Cartago. En este sentido las intenciones de Cartago fueron las de establecerse en la Península y hacerse fuerte frente a Roma; pero no con ánimo de conquista sino de freno a su expansión. Objetivo este que no era compartido por Roma, pues su interés había pasado de ser defensivo a ofensivo con un único objetivo, la completa hegemonía del Mediterráneo. Al punto, incluso, de servirse de algunas pequeñas ciudades como Sagunto para establecer sus reglas, de modo que acabaran provocando el casus belli de la segunda y definitiva Guerra Púnica (218 – 201 a.C.) que acabaría prácticamente por completo con Cartago. 

Así las cosas, concluimos con el octavo tratado (201 a.C.) en el que Roma impondría tan duro castigo a Cartago que acabaría por desaparecer como cultura en el Mediterráneo. El desacuerdo entre ambos Estados fue tan potente que por parte de los mismos no encontraron una solución a sus diferencias, demostrando en este caso, Roma, que sus objetivos iban más allá del comercio y el intercambio, es decir, que se proponían el dominio territorial con prácticas geoestratégicas que le condujeran a un dominio absoluto del territorio y la mar. De ahí que, las intervenciones en Numidia sin previo permiso de Roma desembocarían en la tercera Guerra Púnica (149 – 146 a.C.). 

En consecuencia, el complejo conflictual que se diera entre ambas culturas comenzó casi de mutuo acuerdo con el reparto de intereses de uno y otro lado. Sin embargo, el tiempo y la especialización de sendos actores acabó por perfilar los intereses de cada cual. Roma necesitaba ampliar sus horizontes hacia el Norte y Sur de la península Itálica; por el contrario, Cartago sólo pretendía asegurar las rutas marítimas abiertas por sus antepasados, para abundar en el comercio y mantener las viejas glorias de Tiro. De ahí que, los actores secundarios sirvieran una vez más de escusa entrambas potencias, unas veces por su defensa y otras por su sometimiento, pero sólo hacia el final por la conquista. Aun así, cabría esperar una lectura de los vencidos, pues las fuentes que han llegado a nosotros pertenecen en su gran mayoría al punto de vista de los vencedores, haciendo bastante difícil una lectura ecuánime de los hechos. En cualquier caso, los acontecimientos demuestran objetivos muy diferentes tal como ya se ha mencionado.  

Tratado entre el rey persa-sasánida Sapor I y el emperador romano Joviano (363 d.C.). (Amiano Marcelino).

Los em
peradores de la tetrarquía que a rebufo de la crisis del siglo III y los cambios religiosos que se dieron en el Imperio de Roma, en concreto los emperadores Diocleciano y Galerio, habían firmado en el año 299 d.C. la Paz de Nisibis con el Imperio Persa, de la cual Potter3 dice que las condiciones fueron bastante duraspues los sasánidas perdían territorio convirtiendo al Tigris en la frontera entrambos. Desde entonces y hasta el reinado de Sapor I, Roma tuvo el control del comercio en la zona ya que el paso de Bitlis y el acceso a la meseta de Tur Abdin quedó bajo su influencia, impidiendo a la vez cualquier posible ataque procedente de Persia. Pero como la Pax Romana en el Impero, que en realidad nunca fue una paz estable sino una paz militarizada que “hacía imperio”, para cuando llegó el tratado que nos ocupa en el 363 d.C. puede perfectamente atribuirse a los enfrentamientos sucedidos en el limex romano que sin previa intermediación diplomática se dieron por fuerza mayor. Pero en este caso, según Pedro “el Patricio” (Fr.14) en esta ocasión fueron los romanos quienes sufrieron las mayores pérdidas, entre otros motivos porque sus bases castrenses se hallaban bastante debilitadas, al igual que sus arcas del tesoro de la ciudad eterna. Aunque, por otro lado, los sasánidas tampoco estaban en condiciones de mayores victorias dadas las pérdidas sufridas en combate, a juzgar por la opinión de Amiano (25,7,1 - 3,5).  

La historiografía dice que la embajada enviada por Roma para sellar la paz tampoco fue extraordinariamente eficiente (Amm. 25, 5,2 – 3), incluso hasta se alega que tuvo cierto carácter de informal. Y como suele ocurrir en estos casos, antes y hoy en día también, los flecos acaban por deshilacharse y convertirse en nuevos conflictos, y en concreto en este caso por el territorio en disputa, es decir, Armenia. Algo muy semejante a lo ocurrido en el 299 d.C. cuando tras el gobierno de Constantino I, se reanudarán las hostilidades hasta la llegada de Constancio II, en el que la ciudad de Nisibis en poder de Roma, sería disputada por los persas en detrimento de su vieja hegemonía. De igual modo, Juliano intentó evitar que el conflicto se reabriera inútilmente firmando la paz con Sapor II, pues la geografía no era favorable a ninguno de los bandos. Sin embargo, Sapor II quiso acabar por las armas el conflicto y finalmente le acabó costando la vida a Juliano, dejando en muy mal paradero a su sucesor Joviano, porque su enemigo se encontraba en evidente posición de superioridad. 

El ejército de las águilas estaba extenuado por la lejanía y la falta de recursos para mantener una frontera cada vez más frágil (Amm. 25, 7, 4, 7; Zos. 3, 30, 5). En cualquier caso, las negociaciones duraron aproximadamente cuatro días en los que el pretor Salutio y el comes Arinteo dejaron mucho que desear a tenor del testimonio de Amiano Marcelino (25, 7, 7), pues los puntos más importantes a destacar son: la pérdida de la principal plaza de Roma tras la paz del 299, es decir, Nisibis, que pasaría a manos persas, así como de los cinco territorios transtigritanos de MoxoeneRehimeneZabdiceneArzanene y Corduene, a los que habría que añadir el abandono de los principales fuertes de Roma en este limex. De igual modo, Roma se comprometía a no prestar ayuda al rey armenio, quien en un principio fue su aliado y posteriormente se dejó influir por Persia (Amm, 25, 7, 12); y lo peor de todo es que Roma se comprometería a tales exigencias por un periodo de treinta años, algo que parece inusual en las negociaciones del Imperio. 

Blockley (1984: 35) opina que muy posiblemente Sapor II quiso mantener sus prerrogativas sobre el tratado de 299 d.C. respecto a los territorios adyacentes al río Nimfio, en un alarde de condescendencia hacia Roma, sin embargo, en lo referente a los territorios del Este y el Oeste próximos al Tigris, fue determinante expulsando a los romanos de la zona. Es más, a tenor del interés manifestado por los persas sasánidas, el beneficio radica en mantener alejados a los romanos creando “estados tapón” aprovechar las antiguas alianzas romanas con los armenios. De ahí que los principados ubicados en la actual Siria recayeran sobre los dominios de Roma, y los demás quedaran bajo el yugo Persa. Además, por lo abrupto del territorio comportaba una barrera natural importante entre ambos actores. De este modo la frontera transcurriría siguiendo el curso del Nimfio hasta alcanzar el Tigris, dirigiéndose hacia el Este hasta penetrar en las zonas montañosas de Tur Abdin. En conclusión, la pérdida de Nísibis para los romanos convirtiéndose en territorio sasánida, impidió que la expansión comercial de Roma basada (como es costumbre en el Imperio) en una expansión militar, se tradujera en una pérdida de poder geoestratégico que haría del limex romano un problema, ya que sus intereses abandonarían la ambición expansionista para convertirse en una necesidad defensiva (Amm.25, 9, 1-6; Zos. 3, 33, 2-34, 1). Por el contrario, los persas consolidarían su posición en Adiabene y la extensa Asiria arrinconando a Roma hacia la Fenicia Libanense, y asegurándose los fértiles valles del Éufrates y las principales vías comerciales en torno al mismo. 

Pero en el tratado se menciona también otro punto del que la historiografía todavía tiene sus dudas (Blockey, 1984: 36), esto es: ¿Qué papel jugó Armenia tras la firma del presente tratado? Anteriormente decíamos que Armenía se convertiría en una especie de Estado “tapón” que serviría para medir las fuerzas de los dos principales actores al igual que Polonia en la Segunda Guerra Mundial lo hiciera entre Rusia y Alemania, salvando las distancias y los contextos. No obstante, lo que se aprecia entender de Amiano Marcelino es que ni Roma acabó por ceder el territorio a los persas, como tampoco estos hicieron uso del mismo imponiendo la conquista; es más, cuando el emperador Valente retomó el tema para dirimir los posibles malos entendidos tras la firma del tratado del 363 d.C. tuvo algunas dificultades para sellar con los persas un acuerdo prometedor para ambas partes debido a lo oscuro de lo acordado previamente (Amm. 30, 2, 4).  

Para Amiano, Roma había perdido la influencia que ejercía sobre Armenia en favor de Persia, aunque esta nunca recibiera la ciudad como trofeo (27, 12, 10); por otro lado, el autor también se hace eco de que tal estatus significaba la concesión de cierto grado de autonomía política para Armenia, alejándose así de los viejos modos de pleitesía ejercidos por Roma sobre la misma.  

Por otro lado, los sasánidas reconocían tener libertad de acción sobre el territorio armenio, pero tan sólo en lo tocante al territorio de Atropatene que habían perdido en el 299 d.C. en favor de los armenios. Y de igual modo sucedió con la Iberia (asiática) que adquirió un estatus de interés estratégico, y, por tanto, de potencial conflicto futuro puesto que según lo acordado en el de 299 d.C., este territorio cayó del lado de Roma. No obstante, en el tratado del 363 d.C. no se menciona en absoluto este territorio. La historiografía denuncia que este fenómeno se produjo debido a la enorme celeridad con la que llegó a firmarse, pero también por la poca importancia que Roma le concedió a este espacio.  

Para tratar de comprender las razones del "olvido" u "omisión" de Iberia, Amiano nos dice que pudo deberse a que Roma entendía que Iberia estaba dentro de la extensión geográfica armenia, de la que se despreciaban tanto a los habitantes como a los recursos, y cuyo único interés residía en la calidad fronteriza y estratégica que se le concedía (27.12.4). Sin embargo, las consecuencias de este parecer llevaron a un enfrentamiento con Sapor II, al interpretarse como una transgresión de los acuerdos de este tratado, según lo que nos relata Juan Lido (490 – 565 d.C.) un siglo después. No obstante, el profesor Blockley (1984: 37) pone en duda estos relatos, principalmente porque no aparecen en ninguna parte del texto del que nos estamos ocupando, lo que representa una razón más que suficiente para dudar de Lido, aludiendo que el autor, muy posiblemente lo introdujo como parte de la propaganda política tan común en estos hechos.  

Así las cosas, si las negociaciones en verdad se hicieron con premura a la vista de los hechos relatados, es razonablemente lógico pensar que se debiera al agotamiento de los actores en conflicto. Mantener las fronteras de un imperio como el romano tan lejos de su capital, con múltiples frentes al norte con las tribus bárbaras y tras la crisis del siglo III, sumado a los propios problemas de bandidaje que se estaban produciendo, la crisis de pensamiento religioso, etc., en líneas generales se puede inferir que, aunque el tratado del 299 d.C. resultara aparentemente favorable a Roma, tampoco el de 363 d.C. resultó ser una magnífica solución para los persas. En cualquier caso, si parece que la frontera mesopotámica se convertiría en un territorio menos hostil en el futuro, menos en la zona correspondiente al Sur del Cáucaso, de la que como decíamos anteriormente se convirtió en zona de conflicto por el interés geoestratégico que tiene como paso al continente asiático.  

El complejo conflictual radica en el interés que sendas potencias se disputan desde siempre por el dominio de las rutas comerciales en la zona, pero sobre todo por la determinación de crear una frontera útil, ya que para Roma su mantenimiento representaba un esfuerzo extraordinario debido a la lejanía con el centro, y la dificultad que entrañaba desplazar tropas a la zona desde otras partes como la antigua Palestina, por ejemplo. Para los persas, Roma se contemplaba como un fiero enemigo que acabaría por representar un serio problema, como así lo fue, con las Guerras romano-sasánidas que comenzaron con el Imperio Occidental y se extendieron en el tiempo hacia el Imperio Oriental, hasta llegadas las campañas del emperador Heraclio (628 – 630 d.C.), y posteriormente la expansión del islam, que acabaría con sendas culturas, o sea, la romana y la sasánida.  

Para Wirth (1978) la razón de Roma para mantener las campañas en esta parte del mundo se debe principalmente al impulso que los emperadores querían dar a sus tropas. Un Imperio fuerte en el limex, que además mantenía protegidas las rutas comerciales con el centro, y no cualquier ruta comercial, sino las que abren las fronteras conquistadas por Alejandro Magno, fueron motivo suficiente como para mantener alta la moral de las tropas y el pueblo romano. 

Conclusiones  
Sendos tratados representan la fotografía historiográfica de un tiempo para Roma como actor principal, lo que no significa que los demás actores fueran menos importantes.  

Nos referimos al hecho por el que las potencias comienzan a expandirse por un deseo de dominación territorial que transciende los intereses básicos, es decir, transciende el interés por el descubrimiento de nuevas geografías en donde intercambiar o comerciar con los recursos, a un deseo de conquista y apropiación. Este deseo voraz conforma en "el otro" al enemigo sin que por el momento se le pueda percibir como un igual, llevando consigo toda una política de relaciones que deriva en la frontera como obstáculo de respeto, y a la vez, de provocación, por el que enarbolar las águilas o los estandartes frente al conflicto. 

Cartago en sus orígenes, y los partos y sasánidas, etc., después, así como galos, hispanos, británicos y demás, en el fondo son culturas diferentes a la floreciente Roma cuyos orígenes hay que buscar en la refinada Etruria, docta aprendiza de Grecia. Todas ellas, culturas que en la antigüedad hicieron primar el intercambio hasta que el comercio y los intereses que este generaba, dieron al traste con el trueque para imponer el beneficio, y sobre este, la moneda. 

Concluyendo, el Tratado de Paz como acuerdo entre las partes en conflicto, en realidad, y en nuestra humilde opinión, son y han sido, armisticios que tarde o temprano vuelven a estallar por los mismos intereses geopolíticos y geoestratégicos, pues en todos ellos se busca un "beneficio", único, donde "el otro" (sea quien fuere) se le otorgará la categoría de "enemigo". 


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